Organizar las vacaciones ya no es lo que era. Cuando reservas un hotel, el aviso es casi siempre el mismo: entrada a partir de las 15 horas. Para los que llegan temprano con varias maletas, eso supone más de un quebradero de cabeza. Y los hoteles lo saben. De hecho, están haciendo caja con ello.
¿Qué ha cambiado en los horarios hoteleros?
Antes de la pandemia, lo habitual era que el check-in fuese a las 14:00 y el check-out a las 12:00. Sin embargo, desde la reapertura tras la COVID-19, las cadenas han ido moviendo esos horarios. Hoy es común encontrar check-in a las 15:00 y check-out a las 11:00 o incluso antes. ¿La excusa? Dar tiempo a la limpieza. Pero la realidad es que también han abierto una nueva fuente de ingresos.
El argumento de las ‘kellys’ y la gestión de la limpieza
Las trabajadoras de limpieza, conocidas como ‘kellys’, confirman que necesitan al menos cuatro horas para dejar las habitaciones impecables, ya que cada una limpia entre 20 y 30 habitaciones al día. Es un argumento lógico, pero los hoteles han ido más allá: han convertido esa necesidad en una oportunidad de negocio.
Early check-in y late check-out: servicios de pago
Han aparecido opciones como el early check-in y el late check-out, que permiten entrar una o dos horas antes y salir una o dos horas después. Por supuesto, tienen un coste extra. Aunque ninguna cadena lo admite abiertamente, una portavoz de Barceló señaló que esto abre una nueva vía de ingresos. Antes no se cobraba por algo que ahora se vende como un servicio premium.
La fidelización como moneda de cambio
Otras cadenas reservan esos horarios ampliados para los miembros de sus programas de fidelización. Marriott, Hyatt, Hotusa o Meliá ofrecen late check-out a clientes con estatus Gold o Platinum. El mensaje es claro: el acceso flexible a los horarios no es un derecho del huésped, sino un privilegio del cliente fiel. Y esa fidelidad se paga concentrando todas las estancias en una sola marca.
¿Quién pierde con este modelo?
El viajero ocasional es el gran perdedor. Quien viaja dos semanas al año, llega en un vuelo de madrugada y reserva a través de un operador turístico convencional, paga tarifas más altas, no acumula puntos y se ve obligado a esperar horas en el lobby o pagar un extra. Mientras tanto, los hoteles mejoran la experiencia de sus clientes habituales y optimizan sus recursos, pero el ganador es claro.
En definitiva, lo que antes era cortesía ahora se paga. Y la tendencia no parece que vaya a revertirse. Como señala Xataka, la clave está en que los hoteles han encontrado una excusa perfecta para cobrar más, y los viajeros, especialmente los ocasionales, terminan pagando el pato.
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