
Foto: Pavel Danilyuk via Pexels
La inteligencia artificial promete transformar el mundo empresarial, pero en el camino está generando un efecto colateral preocupante: una especie de delirio de grandeza entre los altos ejecutivos. Aaron Levie, fundador y CEO de Box, lo llama ‘psicosis de la IA’. Según él, muchos directivos están tan alejados del trabajo real que creen que la IA puede hacer cosas que, de momento, no puede. Una desconexión que está llevando a decisiones drásticas, como despidos masivos, basadas en expectativas que no se reflejan en los datos de productividad.
La desconexión entre el CEO y la realidad del trabajo
Levie, en una serie de publicaciones en X (antes Twitter), señaló que los CEOs de empresas tecnológicas están sufriendo una ‘psicosis de la IA’. ¿El síntoma principal? Una creencia desmedida en las capacidades actuales de la inteligencia artificial. ‘Están suficientemente alejados de ese último tramo en el que se realiza el trabajo’, explicó. Un CEO ve un prototipo de un modelo que genera un contrato o una línea de código y asume que el trabajo está terminado. Pero no son ellos quienes tienen que revisar ese contrato para detectar cláusulas inventadas o ese código para encontrar bugs. La brecha entre la demostración y la implementación real se ignora, y se toman decisiones estratégicas basadas en una visión distorsionada.
Esta desconexión no es nueva en el mundo corporativo, pero la IA la ha exacerbado. La promesa de una automatización total lleva a algunos directivos a pensar que la tecnología ya es capaz de reemplazar por completo a los trabajadores humanos. Sin embargo, la realidad es más matizada. Como señala Levie, ‘los CEOs deben bajar al barro y ver qué puede hacer y qué no la IA, porque de lo contrario lo que acabarán teniendo es un verdadero caos organizativo’.
El caso ClickUp: ¿innovación o delirio?
Uno de los ejemplos más extremos de esta psicosis es el de Zeb Evans, CEO de la startup de gestión de proyectos ClickUp. Evans anunció que había despedido a casi una cuarta parte de sus empleados tras desplegar 3.000 agentes de IA para hacer su trabajo. En sus propias palabras, los empleados humanos restantes solo deben supervisar a las máquinas, formando lo que llamó una ‘organización 100x’. La noticia fue recibida con escepticismo en la industria. ¿Realmente la IA puede sustituir a trabajadores en tareas complejas con solo supervisión?
Levie ironizó al respecto, señalando que este tipo de decisiones suelen basarse en una visión demasiado optimista de lo que la IA puede lograr. El problema no es solo la pérdida de empleos, sino la calidad del trabajo resultante. Si los agentes de IA cometen errores, ¿quién los detecta? Los supervisores humanos, pero si son menos, la carga aumenta y la calidad puede caer.
Lo que dicen los datos: la productividad no despega
A pesar del entusiasmo de algunos CEOs, los estudios no respaldan la idea de que la IA esté generando un salto de productividad masivo. Un estudio de la Universidad de California en Berkeley evaluó varias investigaciones y concluyó que ‘no hay una relación robusta entre la adopción de la IA y una ganancia de productividad agregada’. Por su parte, el National Bureau of Economic Research (NBER) encontró que, aunque la IA mejora la productividad en algunos casos, existe una ‘paradoja de la productividad’: las ganancias percibidas son mayores que las medidas.
Investigadores del MIT crearon miles de agentes de IA para realizar tareas variadas y descubrieron que en muchos casos no alcanzaban la calidad de un humano. Según sus estimaciones, los modelos de IA podrán completar tareas con un éxito del 80-95% en 2029, pero hoy todavía no superan a los trabajadores humanos. Estas cifras contrastan con las declaraciones triunfalistas de algunos CEOs que aseguran que la IA ya está revolucionando sus empresas.
El nuevo cuello de botella: los directivos
La ‘psicosis de la IA’ no solo genera expectativas irreales, sino que también crea un nuevo cuello de botella. Harvard Business Review alertó en un análisis reciente que los directivos están luchando para mantenerse al día con el boom de productividad impulsado por la IA. Si todo el mundo usa la IA para producir más contenido o código, el volumen de trabajo que requiere revisión crece exponencialmente. Los CEOs, que deberían supervisar este flujo, se ven desbordados.
Levie resume el dilema: ‘El peligro de esta psicosis es que al automatizar la producción de contenido o código, el problema no desaparece, simplemente se desplaza’. El cuello de botella ya no está en la producción, sino en la gestión y control de calidad. Si los directivos no entienden las limitaciones de la IA, terminarán ahogados en un mar de datos generados automáticamente, pero sin la capacidad de validarlos.
Una llamada a la realidad
Ante este panorama, la recomendación de Aaron Levie es clara: los CEOs deben involucrarse en el trabajo real, entender qué puede y qué no puede hacer la IA, y tomar decisiones basadas en hechos, no en ilusiones. La IA es una herramienta poderosa, pero no es una varita mágica. Ignorar esta realidad puede llevar a empresas a tomar decisiones costosas, tanto en términos financieros como humanos.
La próxima vez que un CEO anuncie una reestructuración masiva basada en la IA, vale la pena preguntarse: ¿es una decisión informada o un síntoma de la psicosis que recorre Silicon Valley?
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