
Foto: Stas Knop via Pexels
Durante años, el gobierno de Estados Unidos intentó frenar el flujo de los procesadores gráficos más avanzados de Nvidia hacia China. Pero tras bambalinas, una ruta alternativa florecía: filiales de empresas chinas en Malasia compraban sin restricciones las GPU más codiciadas. El plan de Washington para cortar el acceso a inteligencia artificial (IA) china tenía un talón de Aquiles.
En 2022, la administración Biden prohibió la venta a China de las GPU para IA más potentes de Nvidia, AMD y otras compañías estadounidenses. La idea era impedir que el ejército chino utilizara esa tecnología. Sin embargo, las empresas chinas encontraron una vía: en lugar de comprar directamente, establecían filiales en países como Malasia, desde donde adquirían los chips sin necesidad de licencias especiales.
El vacío legal que dejó Trump
La situación se volvió aún más favorable para China cuando, en mayo de 2025, el gobierno de Donald Trump congeló la llamada AI Diffusion rule, una normativa de control de exportaciones aprobada en los últimos días de Biden. Esta regla establecía tres niveles de acceso global a chips de IA: los aliados de Estados Unidos podían comprar libremente, mientras que China, Rusia e Irán tenían el acceso completamente bloqueado. Al suspenderla, Trump creó sin pretenderlo un vacío legal que las compañías chinas aprovecharon al máximo.
Según información del South China Morning Post, durante el año siguiente a la congelación, cientos de miles de GPU Blackwell y Rubin de Nvidia, así como las MI350x de AMD, llegaron a manos chinas a través de sus filiales malasias. La falta de una regulación clara permitió que las transacciones se realizaran sin licencias del Departamento de Comercio de EE.UU.
La respuesta tardía de Washington
Recién a principios de junio de 2026, la Oficina de Industria y Seguridad del Departamento de Comercio publicó una directriz que busca cerrar esa puerta giratoria. La nueva regla exige licencias para los chips avanzados destinados a entidades con sede en China, incluso si estas están físicamente fuera del país. Pero los expertos señalan que la medida llega tarde y no es perfecta: los chips ya adquiridos pueden seguir utilizándose, y queda un segundo vacío legal a través de TSMC, el fabricante taiwanés de semiconductores.
Chris McGuire, exfuncionario del Departamento de Estado y experto en tecnología, afirmó que la directriz “cierra un vacío legal, pero deja otro abierto”. Aunque no detalló cuál, analistas de la industria apuntan a que las filiales chinas aún pueden acceder a la capacidad de fabricación de TSMC sin que la nueva norma lo regule explícitamente.
Implicaciones geopolíticas y tecnológicas
Este episodio pone de manifiesto la dificultad de controlar la difusión de tecnología de doble uso en un mundo globalizado. Mientras Estados Unidos intenta preservar su ventaja competitiva en IA, las empresas chinas demuestran una notable capacidad para sortear las barreras. La guerra de chips no es solo una cuestión de producción, sino también de ingeniería legal y cadenas de suministro.
Para la industria tecnológica, la lección es clara: las restricciones unilaterales tienen límites. La cooperación internacional y acuerdos multilaterales podrían ser más efectivos que los vetos aislados. Mientras tanto, la carrera por la supremacía en inteligencia artificial sigue su curso, con China acumulando cada vez más hardware de vanguardia.
La imagen de Nvidia como empresa estadounidense neutral se ve empañada por estas operaciones. Aunque la compañía niega cualquier intención de eludir las sanciones, el flujo de chips hacia China a través de terceros países plantea preguntas incómodas sobre la responsabilidad corporativa.
En conclusión, el caso de las filiales malasias revela que el control de exportaciones es una herramienta imperfecta. Sin una estrategia integral que aborde tanto la producción como la distribución, los vacíos legales seguirán siendo explotados. La inteligencia artificial no entiende de fronteras, y los chips de Nvidia, al parecer, tampoco.
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